19.5.08

Laibach. Los eslovenos despliegan en Barcelona y Madrid sus impactantes y provocadoras puestas en escena

Denostados en EEUU por comunistas, denostados en Europa por fascistas. Incomprendidos, en definitiva, en sus doctrinas antisistema -ambiguas y filosóficamente abrasantes- el viaje artístico de Laibach ha levantado siempre una espesa polvareda de las más variadas opiniones, reacciones y sensaciones.

El amplio abanico de admiración y reconocimiento, cuya influencia han admitido grupos como Rammstein, Type O Negative o Marilyn Manson, ha competido siempre con la animadversión de una parte del público que ha malinterpretado a la gresca la imponente y totalitaria presencia del grupo, provocación que Laibach maneja a su antojo y que incluso forma parte de su combate generalizado contra las diferentes formas de alienación, incluida las de las protestas políticamente correctas.

Laibach, que es el controvertido apelativo cariñoso con el que los alemanes llamaban a Eslovenia, comenzó su andadura en 1980 -no es casualidad la muerte de Joseph Broz Tito ese mismo año- y partir de entonces se han expresado a través de diferentes vías y colaboraciones, que han aunado danza, teatro, pintura, música y hasta filosofía. Todos estos enlaces han desembocado en -Neue Slowenische Kunst- un Estado utopía -"un Estado de mente", según ellos- , una idea de Estado idealista basado en el arte, y que posee embajadas y hasta su propio pasaporte, convertido anecdóticamente en un salvoconducto para algunos fans de Laibach bosnios que, al estallar la guerra en Sarajevo, lo utilizaron para salir del país aprovechándose de los pocos conocimientos de geografía y de música industrial de los soldados serbios.

Laibach han sobrevivido en estos 28 años a los mítines de Tito, a la caída del telón de acero, a la Guerra de los Balcanes, y también a Queen, a Michael Jackson y al heavy metal... Todo ello retratado como formas de dominación del poder sobre unas masas industriales en el que el discurso del Estado, enérgico y totalitario en el pasado, se ha transformado, según ellos, en una sibilina e inconsciente forma de alienación a través de la sociedad de consumo globalizado, en la que la cultura del entretenimiento forma parte fundamental de este colonialismo soterrado.

De ahí sus fastuosas e irónicas versiones de clásicos de la cultura popular como los Beatles -al que dedicaron un disco entero, Let it be-, de Queen, del que rescatan una interpretación realmente hilarante de su tema One vision, o de Status Quo, con su In the army now, todas ellas desnudadas y reinterpretadas con la esperanza de que alguna persona inteligente consiga adivinar más allá de la chanza las formas ocultas de ideología que se esconden detrás de las estrellas del mainstream occidental.

Así pues, la imponente presencia del grupo sobre el escenario, uniformados y casi en formación militar, transmite una increíble autoridad en el escenario, en el que con frialdad, ambigüedad, y con mucho sentido del humor, parodian un concierto de heavy metal al uso, en el que como ellos defienden, -en este sentido se explicaron en su trabajo Jesuschrist superstar-, un concierto no es más que una liturgia musical que sustituye simbólicamente a una misa religiosa. El resultado no podía ser más impactante y poderoso.

Tras su intervención en el festival The Influencers con la proyección del documental Victory under the sun, Laibach presentan en España -3 de abril en Barcelona y 4 en Madrid- su nuevo trabajo, Volk, un proyecto más orientado a la electrónica, en el que abordan su propia y personal elaboración de 14 himnos de 14 países, entre los que se encuentran Alemania, Japón, Israel, su propio estado NSK y hasta España, una reflexión sobre el imperio perdido y los emergentes nacionalismos territoriales, en la que los eslovenos tienen, por cierto, bastante experiencia, y en la que parecen advertirnos de ciertos peligros ocultos.

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